jueves, 4 de marzo de 2010

Epicentro académico

Por Celia Rosado.


El rechinar de la puerta me dice que es hora de clase. Es la primera clase que se imparte; soy testigo de ese repartir de conocimientos. Pasan los minutos y contabilizo cuatro alumnos, de cuántos inscritos, no lo sé; no me corresponde pasar la lista. No es extraña la poca asistencia. El Centro de Cómputo, trasformada como aula, es el epicentro de observación para la actividad académica.


El discurso del cambio de paradigma educativo para transformar la relación entre docentes y estudiantes, apresa a la comunidad universitaria. Parecería que los jóvenes universitarios interpretan el proceso como: no es necesaria la presencia físico en el aula para mi formación. Basta el esporádico contacto con mi maestro para enriquecer mis conocimientos y apuntalar lo que se demandará en mi quehacer profesional. Una asesoria, de vez en vez, cumple la función.


Conceptos como autonomía e independencia en la iniciativa de la formación universitaria pueden confundir a maestros y alumnos. Autonomía, para regirse por sus propias leyes; libertad, para que el estudiante disponga de si mismo para regir sus propios intereses mediante normativas y poderes propios. Libertad como poder inmanente, en orden a su realización que puede definirse, como la capacidad de decidirse o autodeterminarse.


No puedo afirmarlo porque tendría que penetrar en sus pensamientos, lo que si afirmo es la escasez de jóvenes en el aula, la razón tampoco la sé. Me frustra no saberlo, ¿por qué?, por lo poco que sé. La interrogante ¿lo sabrán los otros maestros? Tendré que averiguarlo.


Alzo la vista e interrogo. Maestro, ¿sabe usted el por qué de la poca asistencia? La respuesta es escueta “quizás la hora”.


Ha finalizado la clase. Ya son las diez de la mañana, pronto vendrá otro maestro, por tanto el rechinar de la puerta continuará, pero ahora son otros los alumnos, caras conocidas con expresiones juveniles. Son ya las diez treinta y todavía no esta completo el grupo, el maestro en espera para iniciar su exposición. Mira su reloj y con un rictus empieza a nombrar a los presentes.


La conclusión de mi observación, pone entredicho la historia de la pedagogía. La que viví en el viejo edificio de Arista y Zaragoza: recuerdo al maestro Enrique Segarra, escucharlo era una delicia. Su sapiencia en Historia del arte nos dejaba embobados. Concebir su clase sin asistir, lo considero imposible. La memoria trae recuerdos de otros maestros, pilares de la facultad en los sesentas Alfonso Valencia Ríos, José Luís Bolado, Diòdoro Cobo Peña, Armando Correa Gana, estar sentados frente a sus escritorios era recibir una cátedra. No asistir a sus clases era imperdonable, no por castigo sino por la delicia de perderse de un rato académico- lúdico.


Quizás, ahí está el detalle, como diría Cantinflas.

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