Por Celia Rosado.
Lo que llamamos “otredad” para que aquel que convive, codo a codo, con nosotros desde el enfoque de la mezquindad, pueda tener sus vicisitudes pero también otra arista de ese cuadro. La búsqueda de “otro” afín. ¿Por qué no buscarlo?
La ceguez no sólo es falta de la funcionalidad de ese órgano. Es más que eso. Es negarnos la posibilidad de encontrar ese otro.
Participar con él, convivir con él, sin necesidad de compartir todas sus metas, sólo sus ideales.
La vida es un camino largo y sinuoso. Por eso, es fascinante. Sin los tropiezos y los obstáculos, la simplicidad convierte al ente en un ser aburrido.
Lo que le da objeto a la vida es encontrar esos otros.
Lancémonos a la aventura de encontrarlos. Qué tan lejos pueden estar.
¿Cuáles son los pasos? Observar nuestro entorno; no ver, mirar.¿ Cuán difícil puede ser?
La cotidianidad nos confunde. El río de las emociones nos confunde. El rumor convertido en murmullo nos confunde. Al final estamos en el epicentro de una tormenta de inquietudes, poco a poco la soledad se convierte en nuestro otro.
El quehacer con el otro es escuchar campanas y música.
Ya me convencí.
Me lanzo a la aventura. Vamos?


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