Celia Rosado Romero
La educación vuelve a estar en el ojo del huracán, tras los resultados evaluatorios en los alumnos y en la planta magisterial existente en el país. México recibe con asombro las “calificaciones” otorgadas a los aspirantes a una plaza en el sistema educativo básico mexicano; y la de los jóvenes en la prueba “Enlace” (Evaluación Nacional de Logro Académico en Centros Escolares), calificándolas como de colapso educativo y ruina educativa moral.
El objetivo de la prueba era permitir retroalimentar a padres de familia, estudiantes, docentes, directivos y autoridades educativas con información para mejorar la calidad de la educación, promoviendo la transparencia y rendición de cuentas, pero lo único que provocó fue confusión. No se imaginaron las autoridades, que la respuesta fuera de indignación y pusiera en entredicho las políticas educativas de
Es evidente que las autoridades educativas evaden su responsabilidad a través de instrumentos que ponen en duda su efectividad. Para ellos, la evaluación del aprendizaje tradicionalmente está concebida a través del instrumento universal por excelencia: el examen. Las autoridades y aún los docentes, de todos los niveles incluyendo el universitario, no conciben que puedan existir otras vías para conocer el estado en que el alumno e o el profesor, se encuentra en cuanto a conocimientos, habilidades y actitudes.
Josefina Vázquez Mota, titular de
No existen programas efectivos, tanto para la capacitación de los profesores como para mejor la calidad de los educandos. En éste arribo a la globalización, persiste una confusión de las políticas educativas, no hay un camino. Es notorio, que preparar las nuevas generaciones para los retos y desafíos que enfrentarán en ésta nueva sociedad del conocimiento, ha pasado a segundo término y las declaraciones oficiales están más dirigidas a dar óptimos resultados a los organismos internacionales que a brindar una planificación al rezago educativo que padece el país.
La insensibilidad de las autoridades al reclamo de la sociedad para que sus hijos asistan a las escuelas oficiales, es una realidad. Es sabido del notable déficit de planteles educativos en zonas marginadas y rurales que dejan fuera a infantes. Es más, es del conocimiento de los funcionarios que en muchos de los casos, existen niños y jóvenes asistiendo a clases en galerones y en demanda de “claves”, otorgadas por
Las mismas autoridades reconocen que pese a los esfuerzos realizados, el censo de 2000 mostró que, de un total de unos 20 millones de niños y jóvenes de
Tal afirmación se corrobora al extremo de que más de 86 mil profesores buscan la base y
De tal suerte que el gobernador Humberto Moreira Valdés, quien es profesor y miembro del Sindicato Nacional de Trabajadores de
Ante esto, resulta claro que la factibilidad de un verdadero rescate de la educación pública en el país depende, en todo caso, de la suma de esfuerzos por mejorar al normalismo en México, no por desaparecerlo, Una auténtica visión de Estado en materia de enseñanza demanda una reorientación general de las prioridades por parte del gobierno federal y de las administraciones estatales, así como de un robustecimiento de las finanzas públicas a ese sector abandonado por años. (
Si tal situación la trasladamos a la educación universitaria no encontraremos diferencias, la realidad es la escasez de espacios para una demanda que rebasa a la oferta, ejemplo fidedigno es
Pero, a pesar de ello existe un déficit del casi 60%, de los cuales algunos no podrán continuar sus estudios por su condición económica y otros se inscribirán en las universidades privadas corriendo el riesgo, como ha señalado el rector Dr. Raúl Arias Lovillo, de ocupar espacios sin el reconocimiento oficial, es decir las tipificadas como “universidades patito”.
En la actualidad, de cada 100 personas que inician su educación formal, sólo 35 terminarán la preparatoria o una carrera técnica, y sólo ocho de ellos logran terminar una licenciatura, “lo que nos hace ver que la educación aún no es consolidada”, denuncia el rector de
El reclamo de la sociedad, al sistema educativo universitario consistente en que se ofrezcan oportunidades que permitan hacer corresponder las aspiraciones individuales de los estudiantes con las necesidades y posibilidades reales del país, queda así frustrado. El reto, de procurar una formación profesional que brinde una preparación adecuada al egresado para un mercado de trabajo cada vez más complejo, diverso y cambiante, no se cumple.
Tratar de culpar a los maestros, de todos los niveles, de la devastación del sistema educativo es la salida fácil; la lógica oficial es asumir una política de abandono. El fin, no sólo es de trasladar a los particulares las responsabilidades del Estado, sino además, crear oportunidades de negocio para estos, al uníso generar mano de obra barata que haga al país atractivo para las inversiones extranjeras.
Todo se reduce a cumplir las demandas de las políticas internacionales que han estado ahogando al país y pretender pulverizar las aspiraciones de alumnos y maestros por mejorar, tanto la formación de unos como de los otros. No existe congruencia en los objetivos que se pretenden para brindar calidad en la educación, y al mismo tiempo, mejorar la formación de los maestros.
Es necesidad urgente una reforma de fondo para que las instituciones educativas sean un medio clave para construir un país culto, democrático y que sea el pilar de un despeje económico que se pensaba sería a partir del 2000 cuando ingresa al mundo político del país otro partido. Lograr un equilibrio requiere vencer las fuertes resistencias al cambio del enorme sistema que en la década de los años 80 ya fue descrito como un paquidermo reumático.
Si bien es cierto, la experiencia de las últimas décadas de reformas educativas permiten apreciar que las estrategias institucionales toman como premisas de insumos: disponibilidad de textos, tiempo dedicado al aprendizaje, infraestructura escolar, relación alumno-docente, etc., es necesario reconocer el andamiaje ético que debe prevalecer en busca de otras categorías de análisis para modificar la evaluación de la comunidad educativa.
Es imperante buscar el cambio desde un enfoque curricular, formación docente, estrategias de enseñanza-aprendizaje y la integración de equipos profesionales en las instituciones educativas.
No es posible hablar de reforma educativa sino se toma en consideración aspectos subjetivos que revelen las verdaderas necesidades de las políticas, sesgar el análisis del campo educativo desde el punto “evaluativo tradicional” deja fuera fortalezas que pueden ser rescatas y perfectibles, para asumir un compromiso en actitudes y procedimientos pedagógicos técnicamente eficientes, sólo así se podrá dimensionar y vencer prejuicios anquilosadas dentro de nuestras políticas educativas.
Hay que decirle no a la visión de ofertar mano de obra barata como principal ventaja económica, ya que de ser cierto, el continente africano sería “muy rico”, sentencio el rector César Morales Hernández, e insistió en la necesidad de trabajar en la proyección y formación de profesionales que también sean capaces de aportar soluciones a los problemas nacionales. Creo que nadie estaría en desacuerdo con él.
El espectro de las posiciones, prioridades y recomendaciones de cada nivel educativo tiene un camino largo que recorrer y no se suscriben a “un examen”, eso debe de quedar perfectamente claro.


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